A Pedro Iturralde

Ayer murió Pedro Iturralde. Él nunca lo supo, ni lo sabrá, pero fue, es y será mi maestro. Y como yo, tantísimas otras alumnas anónimas. La música en todo el mundo, pero sobre todo en el Estado Español, está en deuda con él. Mi primer profesor de saxo había sido alumno suyo en Madrid y me hizo preparar la Pequeña Czarda de Iturralde para un examen del Conservatorio, cuando yo tenía unos doce años. Me gustaba tanto que me la estudié hasta tocarla entera de memoria. Debo haberla tocado cientos de veces y todavía hoy sigo metiendo partes de esa canción en algunas de mis improvisaciones. Por aquella época tocábamos en cuarteto, también, varias composiciones de Iturralde como la maravillosa Suite Hellenique, Dixie for Sax y, mi favorita, Miniatura. Veinte años después estoy convencido de que mis vecinas todavía cierran los ojos y siguen escuchando el solo de Miniatura, porque lo tocaba en bucle hasta que alguien venía a decirme: “ya está bien, ¿no?”. Pero aquella melodía no salía de mi cabeza y todavía tenía que tocarla un par de veces más sin soplar, moviendo sólo los dedos. Muchas veces me pregunté cómo era posible que a ese señor se le hubiera ocurrido una melodía tan preciosa, me parecía sencillamente perfecta. Además no sólo la canción principal es bonita sino que todas las voces por separado lo son, y en conjunto se crean unas armonías bellísimas. Es como una pieza clásica encorsetada, sentada en su silla en medio del escenario con semblante serio de niña buena, con la raya a un lado y un lacito azul en el pelo, que poco a poco se despeina hasta convertirse en una jazzista macarra que, cuando llega el solo, se pone de pie y saca un corte de manga a su distinguida audiencia de señores del siglo XVIII. Todo fue tan poco a poco, la transformación es tan progresiva y casual, que nadie pudo detener a tiempo la insubordinación y se la tragaron con patatas. Al final se sienta de nuevo en su silla, se coloca un poco el pelo, termina como si no hubiera escupido en la cara de todo el mundo, recibe los aplausos, se levanta y se va. Recuerdo el escalofrío que sentía cuando la tocábamos en el cuarteto hace veinte años, envuelto por esa armonía mágica lograda por Iturralde, y todavía siento el mismo escalofrío cuando la escucho interpretada por otros cuartetos. Por favor, de verdad, escuchen Miniatura.

Pero no fue hasta unos diez años más tarde cuando empecé a descubrir realmente la genialidad de Pedro Iturralde. Aún sigo descubriéndola y seguiré haciéndolo de por vida, porque es mucho lo que todavía tiene que enseñarme y lo mucho que yo tengo que seguir estudiándolo. Youtube era ya un cajón de sastre de cierto volumen cuando me dio por buscar su nombre: salió su versión del tema “Anda Jaleo”. Y vaya jaleo. Aquella canción sonó tanto en mi cabeza que tuve que comprar un soporte para dejar el saxo siempre preparado, junto a mi mesa, para cogerlo en cualquier momento y poder tocar un poco el tema de la canción. Mi improvisación estaba muy en pañales por aquel entonces -que lo sigue estando- pero me ponía las partes que me sabía para tocarlas a la vez con la canción y, poco a poco, iba sacando más trozos hasta que pude tocarla casi entera con la grabación. El cajón de sastre de Youtube se amplió y más tarde terminaron por aparecer todas las canciones que Iturralde grabó con Paco de Lucía en los dos volúmenes de Jazz Flamenco, grabados entre 1967 y 1969. En una primera edición se tituló “Flamenco Jazz” pero el maestro siempre se quejaba de que lo llamaron así por “influencia del inglés”, lo que él hacía se llamaba “Jazz Flamenco”. Por eso, en una edición posterior del disco, fue deseo expreso suyo que apareciera el título de Jazz Flamenco en la portada, en letras grandes.

En esas grabaciones están los pasajes musicales más bonitos que yo haya podido escuchar en mi vida, y no exagero. Hablando de memoria -como si no llevara desde ayer escuchando a Iturralde sin parar- me viene a la cabeza “Soleares” y el inicio y solo de “Canción de las Penas de Amor”. No sé cuántas veces las pude haber escuchado, y las que me quedan.

Que no os engañe su cara de no haber roto un plato…tiene un saxo y es peligroso.

El estilo de Iturralde es el estilo de una buena maestra: preciso, amable y elegante, pero con la capacidad de convertirse en el rey de los macarras cuando las circunstancias lo exigen o, simplemente, le apetece jugar a hacer «cosas de mayores», y ahí no tenía rival. Sus melodías se extienden sobre la armonía como la acuarela en un papel ligeramente mojado, suavemente, como si el cuadro se pintara solo. Sus paisajes pueden reflejar emociones muy diferentes e incluso antagónicas, pero siempre son muy vivos y coloridos. Iturralde sabía cuándo meter la nota precisa en el momento oportuno. Sigo intentando aprender de él a colocar con maestría esa “nota de blues” casi al final de la melodía que cambia todo el carácter de la frase y es como si te hubieran robado la cartera, pero con tanto estilo que no te queda otra que aplaudir al ladrón.   

Es muy probable que el solo de “El Vito” lo haya escuchado más de mil veces. Una vez, en una entrevista por la radio, le oí decir que cuando lo grabó, improvisando, no le parecía que hubiera quedado bien y, sin escucharlo, pidió a músicos y técnicos dar otra vuelta a la canción, pero todos le insistieron en que lo escuchara porque había quedado espectacular y no era necesario repetir. Efectivamente, al oírlo, el propio Iturralde reconoció entre risas su incapacidad para hacerlo mejor y así quedó la versión definitiva para el disco, a la primera. A veces me lo pongo ralentizado para tocar con él e identificar correctamente cada nota porque es, sencillamente, perfecto. Es como la hoja de un árbol en el suelo, que arranca el vuelo al ser atacada por la ventisca que provoca el saxofón de Iturralde y, tras varias piruetas, algunas de ellas realmente virulentas, vuelve a posarse de nuevo, muy suavemente, en otro lugar como si nada hubiera ocurrido. Empieza muy lentamente y va calentando motores, poco a poco. A veces la tensión aumenta haciendo que la hoja levante el vuelo para, después, dejarse caer con mucha elegancia prosiguiendo su camino sin tocar el suelo. En un momento dado el viento remite un poco, la banda baja el pistón y pareciera que la hoja fuera a posarse por fin, aunque de alguna forma se intuye que en realidad sólo estamos en el ojo del huracán. Es entonces cuando, sin avisar, el viento se enfurece de nuevo, todo se viene arriba y el maestro remata su crónica del vuelo de la hoja con una progresión de arpegios frenéticos que desemboca en unos preciosos compases finales de aterrizaje. La hoja, al fin, se posa y el saxo cede el testigo con suma amabilidad y delicadeza al próximo solista, el trombón, que azuzará otra vez el viento con su instrumento haciéndola volar nuevamente. Sencillamente increíble. Ojalá algún día pudiera yo contar historias tan bonitas, hipnóticas y profundas con el saxofón, pero aún tengo que estudiar mucho a Iturralde.

De verdad, escúchenlo. Pero no de cualquier manera, por favor, no vale ponerlo ahí de fondo, mientras se hace cualquier otra cosa. No, por Dios. En serio, merece mucho la pena perder quince minutos de tu absurdamente ajetreada vida para poner todos los sentidos a escuchar la versión de “El Vito” de Pedro Iturralde. Pon la vista, el olfato, el gusto, el tacto y, en menor medida, el oído, a sentir esta canción, hazte ese regalo. Siéntate, tranquila, cierra los ojos, y escucha al maestro. No tengas miedo de dejarte llevar por él, porque sabe perfectamente dónde va.

Tenía que escribirle hoy estas líneas a una persona que dedicó su vida a mi instrumento, el saxofón, que escribió varios libros para facilitar su comprensión y aprendizaje, que compuso maravillosas piezas de estudio que son obligadas en escuelas de música de todo el mundo, que dejó increíbles grabaciones en las que queda patente su incombustible genialidad, y que se abrió camino sólo, a machetazos, intentando comprender los entresijos del jazz por sí mismo en la España ye-ye de los 60, facilitándonos mucho el camino a los mindundis como yo y haciéndonos, ya de paso, la vida mucho más agradable con su música. Amplísimamente reconocido en círculos musicales a nivel mundial, dedicado al estudio constante de la música y del instrumento, dedicado a todas nosotras, sus alumnas, permaneció apenas desconocido para el gran público y ayer murió con 91 años. Porque aprendí mucho de ti, y lo que todavía me queda, mi más sincero cariño y respeto, maestro.

PD: En Youtube hay bastante material suyo grabado, entrevistas y, al menos, dos programas de «Jazz entre amigos» que le dedicó Juan Claudio Cifuentes, «Cifu». Así que a buscar y a estudiar.

1 comentario en «A Pedro Iturralde»

  1. Guillermo, leo tu emocionado texto y casi hay que salir de su lectura de puntillas, para no alterar ese estado de admiración y reconocimiento con que nos acercas a tu maestro. Efectivamente, la escucha requiere detenida atención. Es un puro deleite ese ‘diálogo’ que le pone alas a nuestro sórdido acontecer. Cuánto agradecimiento debemos a quienes intermedian nuestras rutinas con su sabio y bello hacer. Me hubiera gustado ser la vecina de tu obstinado ‘ostinato’.
    Salud y mi agradecido abrazo,
    Esperanza

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